no le saca la vuelta a la ley

La vida de mi barrio y sus ahogados

Manuel Fernández presenta en La Mula, su segundo poemario La marcha del polen (estruendomudo 2013).

Publicado: 2013-10-08


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De pronto algo ocurre y al voltear solo hay dos personas muertas e intuímos que hablan de su locura, de la certeza que tienen de que van a lograr el fuego, y la caída. Se mataron hace mucho tiempo pero pocos olvidan su piel ardiendo o su último vértigo. “pero antes andaba/se levantaba en la mañana y tomaba los bussins a la entrada del verano/en la PLAZA BOLOGNESI / Arica / Jorge Chávez”.

Sí, antes andaban y ahora despiertan para que alguien se pregunte “qué es un cuerpo recostado / como devorado por pájaros a la entrada del verano / intestino de ambar reluciendo en la madrugada / y la bóveda del cráneo llenándose de luces”. Son los versos de Sobre los paisajes de la Locura, poema que Manuel Fernandez dedica a Josemari Recalde y Samantha Berger, quienes partieron por decisión propia entre el fuego y la caída. “la razón?” frente a la tenacidad de los bordes, Samantha/ y desprendiéndote (suavemente?) (…) bailando en el fondo de los patios/ o como la imagen misma de tu cuerpo/esa noche/ quedándose sola”


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Antes de que ella cayera, después de que se encontrara con Josemari en un poema en el que ambos hablan además de su locura de “la imagen de los pájaros que hacen caer los árboles” debe ocurrir lo más importantes, la fundación del lugar para todas las historias. Entonces un ruido, otra caída, o simples trompetas anuncian a un distrito como a la ciudad en la que sus propios niños reconocerán tocando sus botones, que hay algo que huele distinto y que deberán nombrar ellos mismos. Son la muerte y sus cambios, la metamorfosis o el progreso, juntos avanzando sobre veredas, pistas, locetas y ventanas. Los objetos, tocados para evocarlos desde algún lugar peligroso y distante como la adultez, pertenecen a dos tiempos, a la infancia y al presente, al libro que recoge la marcha, el tiempo, los años marcados por la tienda del abuelo abarrotada en navidad. Se escuchan los bocinazos y los niños juegan hasta tarde en la calle, es navidad, año nuevo y después el fin del verano y el tiempo sigue pasando y ellos creciendo. Van hacia LA MARCHA DEL POLEN. El adiós y la despedida se desprenden de ellos desde el fuego de su ropa de infancia dentro de muñecos quemados.

“Mi idea era escribir sobre algo que conozco, la vida de mi barrio y mis años en Breña, de mi Infancia y el tiempo antes de entrar a la universidad, de tener hijos…. Durante 20 años mi vida ha estado centrada en Breña y el proceso de empobrecimiento que tuvo la clase media a partir del gobierno aprista. Se narran ciertas historias que no son más que etapas personales. Recuerdo por ejemplo a las señoras en sus caminatas al mercado… mi abuelo tenía una bodega y…” recuerda y comenta Fernández.

Y nuevamente emergen las primeras piscinas en la que el narrador se sumerge, entra y sale y las reconoce como dos espacios de la fundación, una grande y otra pequeña en la que se habían ahogado dos o tres personas. En ellas se inscribe la muerte, se queda, los abraza cuando ingresan en lo más increíble para los niños, una piscina. “Los vigilantes te dejaban entrar y quedarte hasta tarde porque eras del barrio” continúa Fernández quien reconoce que escribiendo este poema en medio de la Octubre, su primer libro, aparece Breña reclamando un lugar propio, historia y/o poética. He ahí el inicio del libro. Quedarán dos o tres años más de escritura, de procesos, de caminatas por la avenida Bolivia y calles como Pastaza.


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Una postal escolar ubica el momento antes de que nos enseñaran a escribir, a guardar, a trastocar. Los mandiles a cuadros guardan la cuidadosa cartografía del regreso. Sí, la ciudad es Breña, los años, los ochenta. Luego otras cosas se construyen. El niño descubre su cuerpo entrando y saliendo de esa piscina municipal, en el que otros como él se han ahogado atiborrados de cloro, mientras alrededor la ciudad seguía contemplándose a sí misma entre la aparición de maquinaria y fábricas junto “a la colisión de los cerebros que miran desde sus ventanas en VIDAL/ en AZCONA/ en Pastaza calles perdidas bajo el humo y bajo las miradas de muchachas" que se presienten ya entre los obreros.

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"Abdon Sanchez ha muerto. Cuando yo era chico, él solía decirme acompáñame a comprar (…) Caminaba en silencio agarrado de su mano (…). Por la tarde siempre tomaba café, aunque nunca le escuché pedir uno. Mi abuela se le acercaba y le decía ¿Sánchez un café? Entonces él, parado detrás del mostrador, miraba hacia la calle y movía emotivamente la cabeza. Había sido criado a la antigua: no necesitaba decir nada, no necesitaba decir nada"

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Y entre todos los personajes de esa Breña ochentera, aparece entre las últimas imágenes, antes de Sánchez -el del café-, esa mujer que quita escamas a los peces del mercado y se guarda exuberante y luminosa como otra estampa del libro, que estremece y babea, se condena y nos condena a todos a los días que ya conocemos “algunos días serán difíciles / condenados los náufragos contemplan el naufragio", continúa así la marcha de los insectos en pos del muchacho y la muchacha, sus objetos, esquinas, estaciones, icebergs y carteles luminosos que inundarán Breña, sucia, sagrada y entrañable.

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Dinosaurios de latón

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