analiza el primer año de PPK

Tu voz dentro de la entraña más desgraciada

Esta semana en La galería virtual de La Mula, las fotografías testimoniales de la antropóloga Nelly Plaza, exhibidas bajo la publicación Testimonios de dolor y coraje (Consejería de proyectos, Lima 2002).

Publicado: 2013-09-23



Las mujeres de las fotos me siguen viendo. Saben que escribí sobre ellas. No cerraron los ojos, ni cuando quise parar.


De tanto preguntar, Liz y su hermano pequeño, terminan haciéndose “amigos” del torturador de su madre, él les dice que sí, que la habían llevado ahí. Nada más. Once años después posa para la cámara de Nelly plaza, junto a su abuela y denuncia la desaparición de su madre el 17 de mayo de 1991 en la plaza de armas de Ayacucho. Cuando preguntaba por ella en la PIP tenía solo 12 años. Sobre su cabeza el reloj señala las 10 de la mañana. A su lado derecho sobre una mesa, la foto de su madre se apoya contra una pared blanca cuya pintura no llega a cubrirla toda. Las dos mujeres miran a la cámara. Los ojos de la abuela son distintos a los de la nieta. Una está resignada y se coge las manos, la otra mira con rabia apretando sus rodillas. Ambas dejan la puerta abierta aun, esperando a que Liz Marcela Rojas Valdez regrese. La foto fue tomada en el 2002, al igual que todas las demás. La que se recoge para esta galería ocurre solo un momento después. Liz ahora sostiene la imagen de su madre.

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Angélica Mendoza, llamada Mamá Angelica, también lleva las manos juntas, quizá ya apretó demasiado sus rodillas, ya odió lo suficiente. No es resignación, sino solo cansancio. Cuando posa para Nelly Plaza diecinueve años después de la desaparición de su hijo, lo hace sobre una banca larga que apenas recibe luz de uno de sus lados. Recuerda cómo la arrastraron, la empujaron y no pudo seguir cogiendo la ropa de su hijo, sus brazos, sus manos, un mechón doloroso de cabello negro. Dice que caminó quince días como una loca, buscando. No sabía que caminaría los siguientes años de su vida, muchas veces sobre los huesos de otros. De su hijo le queda una nota desesperada que él mismo le envió desde Los Cabitos en la que le dice que está dentro del cuartel. También le pedía que busque plata, un abogado, que lo saque. Lo que no se lee, lo intuimos. Después de tantos golpes, de tantos gritos y de tantos otros cuerpos en igual o peor estado, el muchacho escribe con cada nervio del cuerpo zumbando, como un objeto doloroso en el que otros siguen fabricando más dolor, inagotable. Como sabemos, no volvió a aparecer y Mamá Angélica fundó el ANFASEP La Asociación Nacional de familiares y desaparecidos del Perú, que hace algunas semanas cumplió 30 años.



Otra mujer sobre un muro gris recuerda la última frase de su padre: díganle a mis hijos que no los voy a ver nunca. Le habían disparado y caminaba cada vez más lento por el río. Janet desde el monte veía como Sendero lo quemaba todo. La comunidad mashiguenga en la que vivía, San Antonio de Sonomoro, desapareció. Los gritos de su padre fueron facciones de cambio en su cara. Fue asesinado en 1994 por un grupo senderista, junto a otros ronderos. La foto de Janet Flores Chimanga fue tomada en Huancayo, donde vivía con un familiar, después del abandono de su madre y de que el resto de la familia fuera separada. Su rostro es dulce y hasta casi parece que sonríe. Sabe que quedará dentro de quien la mire junto a la frase de su padre.


La otra foto tomada en Huancayo. Doris Caqui Capcha se situa en una esquina, apoyada contra una pared, dentro de un abrigo, mirando hacia arriba, sin saber si contar lo que le pasó la hará una mujer menos triste. Se ve fuerte, harta, persistente. Buscó a su esposo hasta que le dijeron que lo habían matado, solo unos días después de su secuestro. Los detalles de su tortura también le fueron narrados. El hombre dentro de un costal recibe la furia de los que lo pusieron ahí. Resta lo peor: “le han introducido el fal por la boca, el mango de la escoba por el recto” le dijeron a Doris, quien después fue secuestrada hasta tres veces para que no siga haciendo denuncias. Teófilo Rímac Capcha –dirigente del FOCEP- desaparece el 23 de junio de 1986. Su cuerpo nunca fue hallado.

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En Lima Zonia Luz Rosas es fotografiada por Nelly Plaza sentada sobre su cama, al lado de una muñeca vieja que cubre los hongos de la pared y de una ventana que alumbra la mitad de su cara y sus ojos grandes. No oculta nada. Lo que sea que pueda decirnos esta mujer será insoportable y logrará ese vaho en el pecho que parece hacerlo más pequeño. Acusada de haber participado en reuniones con terroristas fue detenida en 1983. Soportó los golpes, que la ahogaran en tinas inmundas, escuchó las preguntas y no supo qué responder. Con la boca de uno de los oficiales sobre uno de sus pezones, sintiendo sus dientes y completamente desnuda y atada, ella aceptó todas las acusaciones. En 1989 es absuelta, después de las torturas y violaciones. Zonia fue después una vendedora ambulante de dulces que ofrecía sus productos de la mano de su hija por la calle. Y así, mientras los vendía, ellos regresaron. El 16 de junio de 1994 es detenida nuevamente y aparece con un traje a rayas en televisión. Los jueces de la Marina le dan una sentencia de 25 años. Estuvo doce años en prisión hasta que salió en libertad.


Estas mujeres, entre otras, dieron algo suyo, doloroso e importante, para ellas y para nosotros, que ahora observamos como imágenes que también tocaron el temblor de las manos de Nelly Plaza, quien admite haberse quebradio más de una vez. El dolor también se transmite como las enfermendades, pasa de una persona a otra, de un torturador a una víctima, de esta a quien recoge su testimonio, del registro a quien lo observa. Sus voces aparecen cuando nadie dice nada y vuelven a narrar.

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Dinosaurios de latón

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